Son las seis de la mañana y el frío bajo cero del altiplano amenaza continuamente con escabullirse en nuestras ropas.

Sin embargo, tan magnífico espectáculo vale cualquier sacrificio y en silencio contemplamos este santuario que los atacameños bautizaron como “el abuelo que no dejaba de llorar”.

A 4200 metros sobre el nivel del mar, los Géiseres del Tatio nos dan la bienvenida.

Frente a nosotros, el sol naranjo se esconde entre fumarolas de hasta 10 metros de alto que se despliegan gloriosas sobre terrenos de rocas y piedras volcánicas.

Sólo nos encontramos a 89 kilómetros de San Pedro de Atacama, pero más bien parece que hubiéramos viajado al inicio de los tiempos, cuando la Tierra recién se formaba y el hombre todavía no tenía intenciones de existir.

Motivado por la curiosidad, tú te acercas a uno de los geiser para observar de cerca cómo brota el agua burbujeante desde las profundidades de la tierra.

Parece inofensivo, pero el líquido que salpica y se transforma en vapor ante ti está a más de 85 grados Celsius. Consciente del peligro, te alejas un poco y me agradeces la advertencia.

Sin embargo, ¡no te desanimes! La oportunidad de probar esas aguas todavía existe y para aprovecharla, nos dirigimos a los pozones naturales que se encuentran en las cercanías.

Ya sumergidos en esas exquisitas termas, nos liberamos del frío y disfrutamos del paisaje que alberga al tercer grupo de géiseres más grande del mundo.