Comenzamos nuestro viaje con la bendición de las Tres Marías de cuarzo y granito que custodian la entrada al valle.

Alrededor de estas esculturas, la sal escondida en la arena brilla como fragmentos de estrellas y el silencio absoluto nos hace creer por momentos que nos transportamos al satélite natural que cada noche acompaña nuestro sueño.

¡Qué sensación más increíble!

Con una última mirada a esas mujeres talladas por el viento y la eternidad del desierto, iniciamos la travesía al místico Valle de la Luna.

Nuestra siguiente parada en este paraje lunar son las Cuevas de Sal con sus paredes rocosas de color ocre y senderos de naturaleza impredecible.

Sin pensarlo mucho, nos adentramos en este laberinto y avanzamos cautelosos para evitar tropezar con algún montículo que creció más de la cuenta.

Seguimos avanzando y la oscuridad cae como una pesado telón, alertándonos que haya llegado el momento de despertar nuestros sentidos para poder continuar.

¿Será así como se siente protagonizar una película de aventuras?

Cuando salimos a la luz y terminamos el recorrido, compartimos una mirada cómplice sobre repetir la hazaña en un futuro cercano.

Finalmente, deseosos de contemplar el Valle de la Luna en toda su majestuosidad, nos dirigimos a la Gran Duna.

Tenemos suerte porque llegamos justo al atardecer cuando la cordillera de la sal se transforma en una danza de colores, sombras y luces que nos emociona profundamente.

Las horas pasan rápido y sin darnos la noche nos alcanza.